
No lo entiendo, dice alguien. Y tiene razón: no se entiende. El Madrid de los siete goles se dejó un pedazo de buena fama en Sevilla. A cambio, el Betis experimentó una transformación asombrosa en un solo instante, que fue un gol, el primero. La conclusión, imagino, es que los equipos, como las personas, tienen varias personalidades, quizá multitud, y el primer yo que se levanta decide cómo pasarás la tarde.
Por lo que se refiere al Madrid, desconcierta su forma de recordarnos que es humano. Sus derrotas no son ajustadas, sino impepinables. Sin saber por qué, el equipo se deshace de pronto y no vuelve a encontrar el camino. Como si le pesaran demasiado los goles en contra. Sólo sucede fuera de casa, cuando al empuje rival se añade un gol y el entusiasmo de la grada. Entonces, el Madrid se incomoda. Insiste por insistir, pero se vulgariza. Así se pasó casi una hora, el tiempo que le concedió el reloj para remontar.
El Betis es otro misterio. Su presentación en el partido fue ruinosa. Durante media hora, el equipo tuvo dos registros: defender mal o atacar poco. Sin combinaciones, sin plan, sin centro del campo. En esos minutos comprendimos perfectamente los achaques que sufre este Betis y su achacosa clasificación. Luego, ya está dicho, cambió por completo al marcar un gol.
El asunto nos descubre un problema de confianza que no se cura con el "Resistiré". El equipo necesita ganar para recuperar la memoria y reconocerse en el espejo: el Betis, trece barras, dos años atrás en la Champions.
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